LA FÁBULA DEL CLAVO Y EL BEDUINO

El viejo sabía cuando alguien le quería vender gato por liebre.
Seguramente por eso, cada vez que lo fastidiaban, mandaba a clavar un clavo sobre la antigua puerta de madera.
—¿Y para qué? —preguntó el pequeño que siempre andaba a las correrías, cometiendo des-manes y ofensas propias de la niñez.
—Sólo hágalo... —se limitaba a decir el anciano, sentado sobre una mecedora, con un trazo de hierba que mordía de vez en cuando, sujetándolo con su dentadura a un lado de su comisura labial.

Todos los días pasaba lo mismo. como en un cuento de Juanito y el lobo, el muchachito se las ingeniaba para defraudar la confianza de aquellos que lo querían, armando una fábula que no guardaba semejanza con la realidad.
“Toc”, “toc”, “toc”; blandeó el martillo sobre la cabeza de un clavo que tenía la punta doblada.
—Ya está... —le dijo a su abuelo y a su madre, que observaba mientras colgaba la ropa en la soga, bajo los derroteros de la luz del Sol.

El aire cálido hacía levantar la polvareda, dándole un empujón a un fardo de paja que rodaba como en una película del lejano Oeste. La mayoría de los aldeanos aguardaba por el comerciante beduino que había salido en la mañana en una de sus caravanas hacia el desierto. Aquel que montaba en camello había atravesado el Sáhara con sus bártulos a cuesta, al tiempo que era azotado por una extraña visión ilusoria; un espejismo con la forma de un avión Caudron Simoun.
El animalejo —que también tenía una edad incalculable— hundió las pezuñas sobre la arena, rehusándose a avanzar, con las patas temblorosas. Sin saber entonces qué hacer, el comerciante se adelantó a pie hasta posarse junto a la aeronave donde reposaban dos sujetos deshidratados. Luego de ayudarlos a cruzar una montaña, el beduino regresó con su camello cansado, recorriendo la inmensidad de la nada.
—Lo estábamos esperando —saludó la mujer morena que retorcía una tela sobre la fuente.
—Yo también. Fue un viaje muy largo —se excusó, al tiempo que ponía un pie sobre la maleza—. ¿Qué sucede con el niño? —señaló al muchachito que lloraba desconsolado y al que su abuelo le había obsequiado una enseñanza.
El beduino se acercó a la puerta de madera que ahora parecía adornada por una multitud de orificios, y luego volteó la cabeza hacia donde se encontraba el anciano que sonreía en la mecedora.
—¿Qué significa? —le preguntó con inocencia. El viejo se tomó la barbilla y sentenció:
—Clave un clavo en su puerta por cada vez que decepcione, y verá que la puerta, al igual que la confianza, ya nunca volverán a ser la misma.

@ErnestoFucile
Publicado en el libro "Crónicas de la Lluvia"

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